La dulzaina ...por Fray Valentín de la Cruz

La dulzaina …por Fray Valentín de la Cruz

 

No sabemos si la dulzaina es tan antigua como la música humana o si el primer músico hizo manar de una dulzaina la primera cascada musical. Lo que sí sabemos es que la soberana simplicidad de este instrumento le gana uno de los primeros puestos entre las invenciones humanas referidas al arte divino de la música. Las policromías del más antiguo arte oriental, los frescos y las cerámicas de la Grecia clásica  y de la Roma imperial reproducen este instrumento agudo y pastoril.

La dulzaina, sin duda, no es invento en exclusiva. Probablemente fue generada por distintos padres en diversas geografías. Cuestión distinta es su perfeccionamiento posterior, quizá aún inconcluso, debido a las técnicas que se incorporan al arte y a la agudeza creadora de los músicos. Por eso, hemos de pensar que en esta Meseta interior de España resuena el eco de la dulzaina desde tiempo inmemorial.

La actual Castilla hunde en la noche de los tiempos muchas de sus raíces espirituales y materiales. No en vano, constituimos un pueblo viejo, heredero de varias y diversas culturas, enriquecedoras de nuestra alma histórica; no en vano es Castilla, hija de pueblos heterogéneos, cada uno de los cuales aportó lo mejor de sus amores. No podemos reconstruir con certeza de contornos cómo eran aquellos hombres de la prehistoria que grabaron su arte en las cavernas de Atapuerca o de Ojo Guareña. Sí podemos certificar que danzaban porque nos lo dice su lenguaje pictórico; pero si danzaban era porque alguien con ritmo gracioso movía sus pies. La dulzaina, ese hueco de las mil maravillas, era, quizá, la alegre culpable de aquellas felicidades. Cuando pasan los siglos y este Burgos de nuestros amores era parte de Celtiberia, sabemos ya por dictado de Historia, que parte de nuestro suelo lo ocupaban los Turmogos o Turmogidos.

Desde siempre, la dulzaina se ha asociado al mundo pastoril, suavizando su monotonía y dificultades. Y ocurre que ese pueblo que decimos, el Turmogo, fue llamado así por su dedicación al pastoreo y porque en esta función desarrollaba su economía. Los autores romanos los mencionan como pueblo pacífico y delicado. Aquellos pre-castellanos sabían dulcificar su vida con el aire dulzainero de la música.

Quizá a ellos les debamos el enraizamiento de la dulzaina en nuestra alma, en el sentir de todo el pueblo, tanto el burgalés como de sus hermanos de la Vieja Castilla. Yo he llegado a conocer cuánto calaba la dulzaina en las fiestas de nuestros pueblos campesinos, hasta que la brutal estridencia de esos que llaman “conjuntos” ha anestesiado oídos y corazones. Soy afortunado testigo del suave deslizamiento de muchas horas de zagales y pastores animados a los sones de la dulzaina solitaria. Certifico la vibración de mozos y mozas de nuestros campos ante los compases arrancados a las dulzainas y que anunciaban las canciones siempre viejas y siempre nuevas de nuestro valioso costumbrismo.

¡Amigos! Ya suena la dulzaina, llenad vuestros corazones con tan alegre son.

Por Fray Valentín de la Cruz (anterior Cronista Oficial de la Provincia de Burgos) en el Libro de la Dulzaina.

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Marta Hernando Valderrama

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